
A menudo presenciamos situaciones que nos parecen normales, pero la realidad es que no deberian serlo. Ante una de ellas recibimos una reflexión por parte de una madre de Loberia que queremos compartir.
Más allá del hecho puntual que no presenciamos y que seguramente tendrá otra versión de los hechos (sin desconfiar de la versión de Gabriela, claro), esto va más allá, como la propia madre detalla y se explaya.
Lo dejamos. Para pensar…
Reflexión pública
Mi nombre es Gabriela Serrano y he decidido hacer pública esta reflexión como mamá de una jugadora de básquet.
No voy a mencionar nombres de las jugadoras involucradas porque todas son menores de edad y considero que deben ser resguardadas. Tampoco escribo estas palabras con la intención de exponer a ninguna adolescente. Mi preocupación está puesta en las conductas de algunos adultos y en el impacto que estas tienen sobre quienes deberían encontrar en el deporte un espacio de crecimiento, aprendizaje y contención.
Los hechos que motivan esta publicación ocurrieron en dos partidos puntuales, aunque considero que son situaciones que se vienen repitiendo desde hace años.
En un encuentro disputado en Lobería, presencié cómo una persona adulta vinculada al ámbito deportivo dirigía gritos e insultos hacia jugadoras menores de edad y hacia los árbitros. Lo más preocupante fue observar cómo ese comportamiento parecía habilitar reacciones similares por parte de otros adultos presentes en la tribuna. Quienes acompañamos a nuestras hijas sabemos que estas situaciones no son aisladas y que, lamentablemente, se han naturalizado con el paso del tiempo.
Días después, durante un partido disputado en Necochea entre equipos de la misma ciudad, volví a presenciar actitudes de burla, aplausos irónicos y expresiones dirigidas hacia jugadoras rivales por parte de una persona adulta que anteriormente tuvo responsabilidades dentro de este deporte. Más allá de cualquier trayectoria o experiencia acumulada, considero que nada justifica comportamientos que puedan afectar a adolescentes que se encuentran en plena etapa de formación.
Al finalizar ese encuentro decidí acercarme a una de las personas involucradas para expresarle personalmente mi malestar por situaciones que, desde mi punto de vista, se vienen repitiendo desde hace demasiado tiempo. La conversación no prosperó y terminó en una discusión entre adultos. No voy a negar mi participación en ese episodio ni las palabras que expresé en ese momento. Sé perfectamente lo que dije y asumo haber sido parte de esa situación.
Sin embargo, esta publicación no tiene como objetivo justificar mis actos ni centrar la atención en una discusión personal. Lo que considero importante es el contexto que llevó a ese momento y, sobre todo, aquello que ocurre de manera reiterada delante de adolescentes que observan, escuchan y aprenden de los adultos que las rodean.
Los adultos tenemos herramientas para defendernos, responder, discutir y expresar nuestras diferencias. Los menores no siempre las tienen. Por eso somos nosotros, como madres, padres, entrenadores, dirigentes, docentes o acompañantes, quienes tenemos la responsabilidad de cuidarlos, guiarlos y brindarles seguridad. Nuestro deber es ayudarlos a crecer, fortalecer su confianza y acompañarlos en su desarrollo, no generarles inseguridades ni exponerlos a situaciones que jamás deberían formar parte de un ámbito deportivo.
En muchas canchas vemos carteles y mensajes que promueven el respeto y el rechazo a la violencia. Sin embargo, la violencia no es únicamente física. También existe en los insultos, en las burlas, en las humillaciones, en los gritos y en las faltas de respeto dirigidas hacia menores de edad.
Con frecuencia se intenta justificar este tipo de conductas diciendo que forman parte de la pasión, del folclore deportivo o de la emoción propia de la competencia. Yo no lo comparto. Cuando en la cancha hay niños, niñas y adolescentes, los adultos debemos ser los primeros en dar el ejemplo.
Tampoco considero que los años de trayectoria sean garantía de hacer las cosas correctamente. La verdadera experiencia se demuestra a través del respeto, de los valores que se transmiten y de la capacidad de comprender que la formación humana de nuestros jóvenes está por encima de cualquier resultado deportivo.
Escribo estas palabras con la esperanza de que inviten a la reflexión. No por los adultos involucrados, sino por las chicas. Porque ellas merecen desarrollar su deporte en un ambiente sano, respetuoso y libre de violencia. Merecen adultos que las acompañen, las cuiden y estén a la altura de la responsabilidad que implica formar parte de sus vidas.
Ojalá podamos reflexionar sobre el ejemplo que estamos dando y sobre el legado que queremos dejarles a quienes vienen detrás de nosotros.





